31/3/12

Guerrero, anciano, templo y sable


A continuación cito este cuento recopilado por  Jodorowsky en su obra “El dedo y la luna”, de Ediciones Obelisco. Todo el libro es bellísimo. Y este cuento me ha parecido interesante en la situación actual,  con la gente  en lucha, por la huelga, por ideología política, económica, por demostrar que uno es mejor que el otro...

Un poderoso guerrero, a la cabeza de su ejército, invadió un país vecino.
Precedido por su reputación, nadie se atrevía a hacerle frente y mientras él avanzaba, atravesaba regiones desiertas. Todo el mundo huía a su paso.
Un día, en un pueblo, penetró en un templo y descubrió a un hombre de edad indeterminada, sentado, impasible, en la posición del loto. El guerrero, interpretando la presencia inmóvil del anciano como un desafío, furioso, desenvainó su sable.
-¿Sabes delante de quién te encuentras, desvergonzado vejestorio? Podría traspasarte el corazón con este sable sin pestañear.
Sin sombra de  preocupación, el anciano le respondió:
-Y tú, ¿sabes delante de quien estás? Yo puedo dejar que me traspases el corazón sin pestañear.

  • ¿Cuántas veces he sentido que estaba delante alguien como ese guerrero, y me he defendido de él, porque no he podido quedarme impasible? ¿Y cómo me he sentido después? (me paro un momento y recuerdo)
  • ¿Cuántas he sido como el guerrero, necesitando demostrar mi fuerza a alguien para poder sentir que soy poderoso, y para que el mundo lo sepa, -como si al mundo le importara esto-? (me paro y recuerdo)
  • ¿Cuántas veces me he quedado como el anciano, dejando que el otro haga lo que quiera hacer, quizás ejercer algún tipo de violencia sobre mí? Sabiendo que mi valor y mi ser no cambian, aunque otro me quiera apartar, ridiculizar, incluso eliminar. Sabiendo en sentido amplio quién soy, qué quiero. (me paro un momento, recuerdo. Si aún no lo pude hacer así, me pregunto: ¿con quienes me atrevería a empezar a practicar esto?)


Somos todos los personajes del cuento: el anciano, el guerrero, el templo, el sable…

El anciano es nuestra parte que sabe que existo, sin etiquetas. La parte de mi mente que está más profundamente anclada en el existir. La sensación de estar vivo, de existir, de ser completo, sin necesidad de que hagamos nada frente a los demás para conseguirlo…Aunque nadie lo vea, yo sí. Aunque nadie me lo diga, yo lo sé, en mi fuero interno, porque lo estoy notando.

El guerrero, representa las ideas que tenemos sobre nosotros. Nos esclavizan porque para que sigan siendo ciertas, acabamos actuando de una manera y no de otra. Si creo que soy un guerrero invencible, ya sé lo que me toca en esta vida…

El templo, para mí es nuestra capacidad de estar en paz, estar atento y centrado. Cuando el guerrero entra en el templo se encuentra con el anciano, y allí pueden dialogar. Pase lo que pase en mi vida, si me centro y busco un estado de paz mental (por ejemplo meditando, respirando) hago que este templo aparezca en mí, y las partes que hay en conflicto en mi interior podrán dialogar.

El sable, representa para mí la potencia de nuestras acciones. Nuestra energía en acción. Un sable puede ser manejado para construir, o manejado para destruir. ¿Hablamos para construir, o para destruir? Miradas hechas desde el respeto, o hechas desde el odio.  

Jodorowsky para mí dice, que quien está en el guerrero necesita mantener su imagen frente al mundo. Es lo que se llama “estar en el ego”. Su identidad de guerrero invencible no es real, no es más que una idea. Juega un rol, se comporta como tal. Para seguir siendo "guerrero invencible", se ha condenado a ganar una y otra vez, y para ganar tiene que buscar enemigos, y vencerlos. Es esclavo de su idea de si mismo.

El anciano, como dice J. tiene “el don de sí”. De estar en él. No necesita mantener una imagen. En el cuento (los cuentos lo llevan todo a los extremos porque así nos enseñan más) el anciano está dispuesto a no defenderse…y morir.


Esto, si me lo llevo a mi día a día, me recuerda a cómo en una conversación con alguien que quiere “ganarme” puedo elegir no entrar en lucha. No luchar por mi imagen, por demostrarle al otro que también sé, que sé incluso más que él, en mi opinión. Que está equivocado… En lugar de hacer eso, no me defiendo, me quedo en mí, no lucho. No me siento más que él por hacer esto, simplemente lo hago porque no necesito defender una idea de cómo soy delante de nadie. 

Paradójicamente, respondiendo como el anciano podría producir más efecto en el otro que si discuto con él por tener la razón. Pero no es mi objetivo. Quizá el otro, a la mañana siguiente, cuando vuelva a intentar ganar, sienta que ese día no tiene tanta necesidad de hacerlo. Quizá no.

Lo mejor de esto es que, cuando uno se va acercando al estado de SER, vive más feliz, ahorra energía, la utiliza en lo que quiere, se realiza.

¿Qué hará el guerrero, cuando ya no tenga fuerza para levantar el sable? 

Quizá se quiera sentar al lado del anciano a ver la puesta de sol…y quizá por un día relajará su mano crispada, y suspirará.

23/3/12

La actitud del sombrero negro... o del justiciero con capa y espada (1)

Es posible que en tu entorno haya alguna persona que siempre está enfadada, aunque ría sonoramente, de estas que siempre encuentra lo que se hace mal en cualquier sitio adonde váis. Si alguien se equivoca o tiene el más mínimo fallo, lo detecta, lo amplía para que todo el mundo lo vea, y se ríe con ganas. Vamos, que no es muy constructiva su crítica, normalmente. Es como un detector ambulante de "injusticias" de todo tamaño y color.

Sabe la solución a todos los problemas o situaciones actuales que comentéis y, como si llevara la capa y la espada del justiciero, sienta cátedra sobre cómo son las cosas y cómo somos las personas... con lo que uno se siente casi siempre como un tonto a su lado. 

Personas con esta actitud suelen hacer buenas migas con otras que suelen tener justo una actitud aparentemente contraria, pero que no lo es, es COMPLEMENTARIA (es decir, se necesitan la una a la otra): optimistas, inocentes, ven el lado bueno de todo, sonríen pero sin amargura, y si rien no es burlándose del error de los demás... ¿Recuerdas a Epi y Blas? Esta última se parecería a Epi, y la primera, a Blas, pero en versión adulto.

¿Qué hacer?
Nada de rechazar a la persona con actitud justiciera. Si es eso lo que imaginabas que iba a contar ahora, pues no, ese no es el camino. Quien quiera que se comporta así, lo hace por una razón, más o menos caducada tal vez, pero respetable al fin y al cabo, por motivos que hablaremos en otro momento. 

Sí que podemos rechazar o mejor dicho, no alimentar su actitud. Ser respetuosos con nuestro amigo/a "enfadado-permanente-por-lo-injusto-destemundo", pero no hacer nada que sirva para que siga actuando así en nuestra compañía. Y sobre todo, si su actitud nos duele, nos molesta personalemente, cuidarnos de ella.

Las personas con actitud del sombrero negro, justicieras, también pueden aportar mucho y bueno en otros momentos.

En el próximo post veremos cómo manejarnos con esta actitud personal, y en qué puede aportar "llevar un sombrero negro", de vez en cuando. 

NOTA: Puedes preguntar o comentar, para que incluya tu propuesta en el próximo post.

5/3/12

De una en una


Llega la hora de la noche en que ya he terminado mi trabajo. Pronto llego a casa, voy bajando las revoluciones, y me siento frente a ese momento como ante un bocado exquisito que estoy a punto de saborear. Este rato lo espero con muchas ganas.

Entro en casa. Aterrizaje corporal y mental. Cambio de ropa, zapatillas. ¡Ay! Me dolían los pies. Es curioso, antes no lo noté. Ni este cansancio, ni todas las emociones que he cargado hasta casa. Si viniera de una aventura de piratas, podría decir que traigo un montón de tesoros. Y también unos cuantos escombros. De momento quizá no distingo los unos de los otros, estoy recién llegando a mi oasis. Sólo sé que vengo cargadita, cansada. Pero sí, aparece como un flash un momento-escombro de hoy: un niño de unos 12 años me insulta porque le he llamado la atención al cruzar en su bici desde cualquier lado de la calle sin respetar que yo tengo semáforo verde para mi coche, y que ya había arrancado. Noto aún algo de rabia y tristeza, el susto, el frenazo, y que no es la primera vez que me los cruzo, aparecen en contradirección muy a menudo con cara desafiante.

Y sigo aterrizando. Vaciando las alforjas. El bolso, y el coco. “Uf, y cuando le he dicho esto a fulano, tendría que haberme callado, o esperar a que él hablase primero....” ¡Aag, parece que mi dvd interno me esté pasando la repetición de las jugadas donde me he equivocado hoy! Respiro. Me lavo la cara, las manos, me cepillo el pelo y me miro al espejo con la cara limpia, despejada y cansada.

“La cena”. Desde que bajé del tren y de camino a casa visualizaba unas verduritas al vapor con aceite de oliva. Me pongo y enseguida están en marcha. Mientras cocino, lavo, preparo, me doy cuenta de que puedo elegir entre hacer todo esto mientras pienso en todos los errores del día, etc, o hacerlo estando atenta a lo que hago, y punto. ¿Qué elijo hoy? Probaré a estar en lo que hago, y nada más. Lavo el trapo de la cocina con jabón, qué bien huele así. Escurro suavemente. Lo dejo tendido para que se airee. Guardo en su sitio los vasos y platos ya secos de mediodía. Me gusta lo que guardan los armarios de la cocina, sus habitantes en armonía, el orden y cierta anarquía al mismo tiempo.

Sigo aterrizando. La cena huele a que casi está. Poner la mesa. Sencillo. 3 cositas. Plato humeante, luces bajas, una barrita de incienso encendida. Parece que he quedado con alguien, y es conmigo. 
Puedo elegir entre saborear mi cena, sin nada que me distraiga, o encender la TV y mientras la miro y la escucho, cenar, casi sin darme cuenta de cómo sabe la verdura. Si elijo lo primero, es sencillo. No tengo que hacer nada más que estar presente en lo que haga.
Si elijo lo segundo, mi cuerpo come mientras mi mente está digamos en un 95% en lo que sucede en la Tele, y un 5% en lo que como, para poder llevarme el tenedor a la boca y no a la oreja, por ejemplo.

Siempre puedo elegir entre estar en lo que sucede en el momento, o retirarme a las habitaciones, a revisar los tesoros y escombros que traje hoy, o los de años anteriores. También puedo elegir escapar de lo que hago ahora, no retirarme adentro, y marchar afuera, a una zona intermedia, donde se cuenten historias que me tengan en un limbo agradable, para eso está la programación de turno de la tele, o internet, o una novela, o...

Ni una cosa es absolutamente mejor ni peor. Si hoy ceno pendiente sólo de ello, ese momento lo vivo y lo apuro. De él quizá no surja ninguna revelación trascendente. Pero es mi vida. Es un momento precioso, sencillo, y al mismo tiempo necesario para que vengan otros momentos, y a mí me pille la vida en condiciones de aprovecharla.

Mi decisión de esta noche: no huir a las series de televisión, no marcharme a los concursos, ni a internet. Tampoco quiero hacer repaso de los errores del día, hoy solo quiero hacer las cosas de una en una. Ahora, cenar. Después, lo que decida que será después.

No me quiero dis-traer. No me quiero llevar a otra parte. Quiero estar en mi vida. En la nariz que me pica y me rasco, en el sabor de la bajoqueta tierna. Estos momentos también los necesito, como el aire que respiro.

“Me estoy quitando” de leer en internet mientras como y mientras escribo en diferentes sitios en internet mensajes, “me gusta”. “Me estoy quitando” de conducir y al mismo tiempo hablar por el móvil, abrir la guantera y ordenarla en los semáforos en rojo.

Me estoy quitando de intentar parecer un ordenador, o un robot. Quiero hacer las cosas de una en una. D e u n a e n u n a. ¿A dónde me llevará esto?¿A ser persona?