24/2/13

¡Papi, mira lo que hago!

Ayer escuché esta frase de un niño a su padre. Me hizo sonreír por dentro, bueno, y por fuera también. Recordé cuando yo hacía lo mismo de pequeña. Por ejemplo, cuando aprendí a pestañear alternando los ojos, derecho-izquierdo, derecho-izquierdo, o cuando aprendí a que se me aguantara un lápiz entre el labio superior y la nariz. En ese momento salir corriendo buscando a uno de los dos y decir: "Papá papáa, ¡mira lo que hago!" y comprobar que me habían visto. Entonces ya podía pasar a otra cosa, ya no los necesitaba hasta nueva ocasión. 

Necesitamos saber que las personas que queremos están.  Y no sólo eso, que nos ven. Que saben que nosotros también estamos. Es básico. Sobre todo cuando se es pequeño y se depende de otros para casi todo, esto es lo primero y necesario. Saber que mis papis están, los dos si puede ser (aunque no estén juntos) y que hayan visto que yo estoy aquí también, aprendiendo cosas cada día, maravillosas para mí.
Por ejemplo lo de pestañear con un ojo si y otro no, en su momento significó lo mismo que aprender un idioma nuevo ahora, es decir, ¡era genial!. De niños necesitamos testigos de nuestro crecimiento. Esa mirada de cariño nos da vitaminas para seguir. 

La mirada es presencia, y ser visto es sentirse reconocido, sentir que se tiene un lugar.
Podemos mirarles y no verles (a nuestros niños) y eso ellos  lo notan. ¡Por eso insisten!. Hasta que les miramos con atención completa, aunque sea durante un par de segundos. 

Dedico esto a todos los padres y madres que miran a sus hijos, aún cuando tienen grandes preocupaciones de adulto en que pensar. A mi madre, a mi padre, a mi tío V., a quien mi hermana y yo le enseñábamos todo lo nuevo que sabíamos hacer cada vez que venía de visita a casa, porque él nos miraba desde el corazón del niño que fue. Y especialmente se lo dedico a ese padre que ayer miraba a su hijo. 

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